jueves, 26 de julio de 2012

N. Evelyn. Mayo 2005. Departamentos Doña Juana, piso sexto, número 49. Calle Sarmiento.


Doblamos por la calle Benítez, y seguimos recto, Julio era el que peor estaba, pobre Julio, todos lo compadecimos, pero se podría decir que nadie sabía el verdadero motivo de que Julio estuviera así, ya no temblaba, ya no había lágrimas, pero el puñal estaba estancado entre sus costillas de una manera perturbadora, casi infantil. Llegamos al cruce de la calle Benítez con Río de la plata, allí nos separamos, Carlos siguió su camino con Claudia, Ricardo y Gustavo, que vivían por ese lado de la ciudad. Julio y yo nos fuimos por el otro. Seguimos caminando, le hablé un poco de unas películas que había visto, Julio respondía perdido, Julio no estaba allí. Llegamos a mi departamento, era tarde y en el lugar ya no había nadie, estaba todo desierto, el debía seguir su camino, se veía tan triste, tan desprotegido, se despidió de mi con un beso en la mejilla, se dio la vuelta, lo tomé de la mano y lo besé.
Subimos por la escalera, lo volví a besar en la boca, introduje mi lengua, lo besé en cuello y en los hombros. El trataba de participar, de responder a mis caricias, pero seguía perdido, abrí la puerta de mi departamento, entramos ambos, y la cerré. Lo tiré contra el piso de la alfombra, me saqué los zapatos y los pantalones, y le arranqué los suyos, me bajé las bragas y me subí arriba de él, mientras miraba con sus ojos de niño dolorido, nunca antes lo había visto así. Me saqué la chaqueta y la blusa, debajo no llevaba nada, guié sus manos hacia mis pechos, mis suaves y blancos pechos, me monté encima de su miembro, comenzamos a movernos, la tenía dura, pero lloraba, entre respiraciones agitadas sus lágrimas brotaban, comencé a moverme más deprisa, no quería verlo así, acerqué mi boca a la suya, lo besé, mi niño perdido, comencé a arañarlo, le mordí el cuello, los hombros, llevé mis uñas a su espalda, y su mano hasta mi pelo, para que surcara en el, para que me domara mientras nos seguíamos moviendo, cada vez más intensamente, entonces el comenzó a llamar a Emilia, la nombró unas cuantas veces, ya no lo recuerdo, yo me movía y el la seguía nombrando, articulando su nombre, mi pobre niño, mi ángel alicaído, ahora no estás con Emilia, tendrás que conformarte conmigo, le mordí los labios y me corrí, solo quería arrancarle de su sueño tortuoso, nada más me importaba.

Ricardo Enríquez. Mayo 2005. El garito. Calle Encomienda 1024.


Pago por ver, el tipo de piel oscura me miró y dio vuelta sus cartas, magnífico full de ases (me estaba desplumando). ¡Oh! demonios, no es posible que tengas una mano tan buena. Son cosas de la suerte mi estimado extranjero dijo él. Entonces mataría diez veces por tener esa suerte le respondí, ese punto te lo concedo, soy un tipo con suerte argulló el sonriendo, tenía un par de dientes de oro, y se le hacían margaritas, por lo demás, la sonrisa era bastante ordinaria. ¿Jugamos de nuevo? Preguntó, mientras cogía las cartas con sus negras y gruesas manos repletas de sortijas de oro, revolviéndolas de una forma que al parecer requería mucho entrenamiento. Ya me estaba dejando sin dinero. Creo que no, en este momento necesito hacerte un par de preguntas, ¿Sabes dónde puedo encontrar al colombiano? ¿Al colombiano? Me pregunto extrañado, este país está repleto de ellos, también los puedes encontrar en Colombia supongo. Claramente no había entendido, ensaye mi cara más misteriosa y le dije, no, ¿Dónde puedo encontrar “AL colombiano? Recalcando el “Al” todo lo que se pudiera. Entonces el tipo se ensombreció, miró su reloj (que también era de oro) y me dijo; Si me ganas todo mi dinero te diré donde está el colombiano, pero solo si me ganas. Extrañas las peticiones de esta gente. Muy bien le dije, ¿Has leído a Rimbaud? Él diría más o menos esto; “Por el momento, lo que hago es encanallarme todo lo posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente” claro, el es el y yo soy yo, cada uno con sus medios, además a veces yo me tomo las cosas un tanto más a pecho, verás, algo así como más literalmente. El tipo me miraba entre extrañado y asombrado mientras repartía las cartas (como diciéndose; y éste que se fumo). Lo siento le dije, fue una torpeza de mi parte, seguramente usted no ha leído a Rimbaud. Estaba serio (aún me falta mucho por aprender, ser más cuidadoso, tener tacto, Claudia probablemente lo haría mejor, pero no puedo evitarlo, esta cosa de los desafíos me pone cachondo) ¿Le parece si comenzamos ya, extranjero? Como guste le respondí.
Esta vez no jugamos texano. El apostó, yo aposté. Cogimos nuestras cartas, no tenía nada, pedí tres, el tipo pidió una, me miró y se fue all in sin pensarlo mayormente. Me quedaban un par de fichas, podía retirarme e intentarlo a la siguiente o lanzarme a lo forajido. Lo miré nervioso, definitivamente no sabía blufear, pero tampoco sabía si él sabía que yo no sabía, o si el simplemente tampoco sabía hacerlo. Ambos sudamos por montones, su sudor se deslizaba por su espesa piel oscura pasando debajo de las doradas cadenas de su cuello para empapar su camia y el mío se deslizaba por mi suave piel morena perdiéndose entre lo oscuro de mi terno negro, éramos dos llaneros solitarios en el viejo oeste, preparados para desenfundar, la situación me estaba exasperando, ni modo, tenía que ganar así que vasta de juegos. Vi a través de sus cartas, la imagen era nítida, tenía  un par de tres de corazones, un rey de espadas, un seis de trébol y un ocho de de corazones, estaba blufeando. Me fui con todo lo que tenía (mis dos fichas restantes), di vuelta mis cartas, pura mierda excepto el par de diez.  El tipo se traía algo entre manos, (como si pudiera sacar una metralla en un duelo de vaqueros), le dije alto ahí, no te muevas. Cogí sus cartas y las voltee, par de tres. El tipo se levantó de la mesa indignado y de la manga cayeron tres, seis, ocho, diez cartas en total. Has perdido y te he sorprendido, ahora dame mi respuesta, detrás de la barra salieron veinte negros más y me encañonaron. 

A Helena


Nos vamos moviendo por un trávelin de escenarios
En la casa siniestra, con el pasar de los años.
Han ido ocurriendo las alegres anécdotas,
Los episodios de amor, el dolor, la soledad, la melancolía,
y la muerte;
Un páramo de historias y sonrisas lejanas
que los jirones del tiempo no nos deja alcanzar,
la niebla indocumentada de lo que quizá poco importa,
y sin embargo allí estás, y te mueves conmigo,
a veces de lejos, pero siempre con la posibilidad
de reconocernos como la unión entre las tres
dimensiones del tiempo,
como el espejo que nos proyecta
donde nos podemos encontrar en el otro,
Comprendiéndonos
en todos esos espacios comunes,
Como si a través de esos pasajes,
en un mundo que a su manera nos tortura,
nuestros alientos se hubieran tocado por siempre.

Conductas extrañas


En su oficina, el señor Méndez para relajarse habitualmente tras situaciones como esa, bajaba las persianas, encendía su equipo de música, se desanudaba la corbata, se quitaba los zapatos y le daba a la maquina todo el volumen, encontrándose a sí mismo, de cara arrojado en una selva amazónica llena de brazos y pulmones y soplidos, y Parker y Gillespie y sus alientos, saliendo de la tierra como vapores. Entonces de la botella del escritorio se servía un trago, y en medio de ese rio que le empapaba los pies, se ponía a bailar, agitando sus brazos y sus piernas, dando giros, proyectando su cuerpo para desintegrarse e ir a parar al otro lado, una zona paralela y virgen cubierta de un cielo nativo con estrellas de neón, que desde la distancia nos mandan mensajes para que recordemos que ellas mismas son una luz sin origen que nos traspasa en la inmensidad del universo, nos hacen saber con su sonido de trompeta que lo único que vive es el movimiento y que para cuando cesa ya estamos muertos. El señor Méndez lo sabía y para él, todo en ese momento se tornaba en una armonía salvaje y deliciosa, una fuerza celular que volvía a todos los árboles en tejido y en viaje, trashumancia de glóbulos rojos que hacían completo el viraje, llenando los músculos de una voluptuosidad de primates velludos y orgiásticos, y sin ninguna clase de remiendo, se dejaba arrastrar prisionero por la sublimidad de esa fuerza que lo elevaba.  

Batalla de la Luftstreitkräfte


Una tarde, saliendo Anna del trabajo asistió a un local donde hacían lectura poesía. El tipo que leía era bastante malo, y desde abajo, un anciano al parecer borracho se lo hacía notar a insultos. Ofendido, el poeta paró la lectura y le replicó que era un completo ignorante y que no sabía nada de nada. El anciano, sin pensarlo dos veces, se paró de su asiento y le dijo que la ignorante era su abuela, y que si hubiera sido su padre, le habría lavado la boca con jabón por cochino, por leer unos poemas tan malos y sobre todo tan socialmente irresponsables. Sin reprimirse, el poeta le fulminó con una mirada de odio, que el anciano soportó estoicamente dentro de sus posibilidades, para luego descarnarse despotricando contra los lectores de hoy, verdaderas sabandijas ignorantes que apenas leídas las dos primeras líneas se cansaban porque no entendían nada de nada, los culpó del estado del país, del estado de la cultura, de la nula lectura de los clásicos, acusándolos a todos de ser unos desgraciados y resentidos multi culturalistas porque era más que seguro que el viejo era un socialista resentido al igual que todos los que estaban en el lugar, que pretendían hacer de la literatura un fenómeno panfletario, y transformar a los poetas en publicistas.  

El poeta parecía no  cansarse, estaba indignadamente furioso, a ratos le mentaba al viejo y a ratos alternaba con la audiencia, de pronto le pareció estar en una corte vacía llena de susurros burlones, odiaba los susurros burlones, le crispaban los nervios, sobre todo porque por más que golpeara el mesón con la masa, no lograba que esas risotadas se transformaran en palabras de admiración. Realmente estaba sentado en la mesa del juez, con su túnica negra y su peluca blanca, realmente no había nadie en esa habitación, y realmente golpeaba y golpeaba desesperado el mesón como si la vida se le fuese en ello mientras las lágrimas le iban cayendo por los ojos. Podría decirse que era una Casandra con pene, o al menos así se sentía, y a pesar de que quizá en algún rincón profundo, diminuto y oculto de su ser tuviera un atisbo de certeza sobre la no existencia del panteón olímpico, por todas sus murallas, torres, cables de púas, trincheras y minas antipersonales, no podía darse el lujo de hacerlo a menos que estuviera considerando seriamente la posibilidad del suicidio. 

En otras palabras, el poeta no hacía más que golpear fantasmas, o mentarles la madre, cuestión que se aproxima más a lo que verdaderamente estaba haciendo. Y hubiera seguido con su apoteósica exaltación de su condición de víctima, de no ser porque de pronto sintió que un calor húmedo le subía por la pierna: era el viejo que con la bragueta abajo le apuntaba y meaba el pantalón. La distancia que tenía que salvar era bastante considerable, y el que su urea llegara hasta allí era algo de por sí meritorio. El poeta, en un acceso de furia y ya sin estribos, aceptó el desafío, y mientras el anciano se reía y le gritaba que ya todos podían ir dándole por el culo, él se bajó también la bragueta y comenzó a mearle encima. El espectáculo era bastante extraño, y la gente parecía hacerles barra mientras el viejo le gritaba algo al poeta y el poeta le respondía de vuelta, casi como dos veteranos piratas que después de haber decidido saldar su rivalidad, estuvieran en pleno duelo sacándose los trapitos al sol sobre la cubierta, diciéndose cosas como; me astillaste el barco malnacido, siempre te tomas todo el ron despilfarrador con patas, o esa mujer que te culeaste era mía.

 Anna desde atrás contemplaba la escena con un aire de indiferencia, miraba alternadamente a los contendientes y así misma, dentro de sí misma. En un momento, el tiempo pareció congelarse, pero esa idea fue descartada inmediatamente porque el meado seguía corriendo. Lo que en realidad pasaba era otra cosa, era como si en este espacio  el tiempo se llenara de tiempo, o se extendiera, como si dentro de un minuto sin preguntarle a nadie vinieran y se colaran diez, como si de pronto todo el tiempo  se metiera a empujones fervorosamente enloquecido en los últimos trenes de la estación con el único fin de avanzar, algo tan sencillo de formular como decir que –el tiempo se hacía eterno-. Y en parte los responsables eran ellos, que se violaban al tiempo de una manera aterradora.

Ambos tenían una vejiga monstruosa, después de varios minutos afirmar lo contrario era imposible; la competencia se estaba tornando feroz. A un hombre que estaba apoyado junto a la pared le pareció que ambos eran la encarnación del penitente y que su venida aquí no hacía más que confirmar que como secuaces que eran,  después de haber marcado todas las iglesias de México no les quedaba más remedio que aniquilarse mutuamente para darle fin a la historia.  Anna creyó oírlo, (en realidad no le oyó, licencia del narrador) y pensó en Moliére, un Moliére enfrentándose a la muerte mientras escruta el vacío apoyado sobre sus manos, con una sonrisa en el rostro.

Ya cansado, el viejo decidió que no tenía caso seguir empleando la misma estrategia, aseverando que así ninguno de los dos lograría demostrar nada de nada. Al poeta, que respiraba hondo,  el argumento le pareció bien, por lo que, sin más dilación, ambos sacudieron y guardaron sus armas. La gente comenzó a abuchearlos, pero el viejo los hizo callar con un vigor asombroso que sorprendió a todos, sobre todo al poeta que no pudo evitar pensar en su padre.  El silencio se hizo total, y más de alguno sin darse cuenta contuvo la respiración.
Al final resultó que el viejo también era poeta, y de una libretilla sacó unos versos que empezaría a recitar y que según él eran mejores que los del mismo Benedetti.  

El cuervo

Mis ojos manchados de pólvora
dispararán dos aves asesinas
que sondearán los tétricos patíbulos
de donde cuelgan los gemidos de la arrogancia.
Ceñirán su ala sombría sobre la corona
cegando las gargantas vacías
y los estómagos hinchados de hambre,
mientras sus virajes suicidas
van escribiendo
vórtices de fuego y quemando el aire.

Clavarán sus patas al borde del abismo,
y desde la azotea,
impávidos, destrozarán su corazón vigilante
haciendo graznar el pulso sombrío
que incendiará la atalaya
y recorrerá las calles
como un pregonar apabullante.

miércoles, 25 de julio de 2012

Manual para soñar




Antes del despegue el líder se asegurará de que cada piloto sepa su formación y sus responsabilidades.


Luego subirán a sus máquinas y esperarán su turno para usar la pista.


Desde el aire el océano será la única realidad infinita y posible. El portaaviones una oruga diminuta flotando mientras el sol le da de lleno en el vientre.

La potencia de los motores de la máquina del líder deberá mantenerse a una velocidad moderada, dejando así un margen de maniobrabilidad para que el resto de los pilotos puedan seguirle en sus evoluciones.

La velocidad de vuelo será previamente establecida, y cuando cada piloto la alcance deberá comunicarlo al resto de los miembros de la formación por radio.

Llegarán a la costa.

En tierra un muchacho mirará las nubes mientras piensa en Arnold. Arnold es su amigo de la infancia. A Arnold le gusta la misma chica que a él. Si bien Arnold tiene la aprobación de los padres de la chica, lo que Arnold no sabe es que él se cartea hace más de un año con ella. Si Arnold se entera le mata. Si Arnold se entera en realidad matará a ambos. Si Arnold se entera y mata a ambos, el padre de la chica le felicitará por la hazaña: sociedad conservadora.

Darán la alarma, el muchacho correrá unos metros y una bomba le caerá justo encima: Arnold ya no tendrá de qué preocuparse.

El resto en cambio si tiene de qué preocuparse; les están destruyendo la base.

Total de daños: Un hangar, los rieles del tren para el abastecimiento, la oficina del capitán de la vigésimo tercera unidad (junto con el capitán y la amante del capitán), tres unidades anti aéreas, dos torres de vigilancia y un aproximado de cien soldados.

Naves enemigas caídas: ninguna. Suertudos.

Durante la retirada en el cielo se avistarán unos MIG volando por sobre ellos. Caerán en picada y abrirán fuego para emboscarlos.

Gus, oriundo de Luisiana, nacido en el año 1926, volará en mil pedazos junto a su F-86 Sabre.

El líder de la cuadrilla ordenará realizar maniobras evasivas. Los aviones se retiran al océano. Los MIG los siguen de cerca.

La costa vuelve a hacerse diminuta como del tamaño de una postal.

Un MIG se logra poner a la cola de una de las máquinas del escuadrón. El líder lo ve, se pone a la cola de éste, abre fuego. El líder, luego, sueña con la figura de una mujer bebiendo una taza de café mientras se come las uñas nerviosa y observa a una niña de no más de cuatro años con el pelo apelotonado, sentada en el suelo junto al sofá mientras escucha la radio. Después sueña con un par de hombres de terno negro y corbata revolviendo cosas de noche en una habitación. En la cama se asomará el cuerpo de una mujer tristemente desnudo. Lo siguiente que sabrá es que están todos muertos.

Capítulo III


Llevaba las mangas arremangadas y el cuello de la camisa desabotonado por el calor. Adentro se podía escuchar como los fierros oxidados rechinaban a medida que iban avanzando y arrematando contra el camino accidentado por las más variadas piedras. Miró la hora, aún faltaban diez minutos. 

El panorama que ofrecía aquel vehículo era variado: adelante un par de mujeres iban conversando sobre lo que cocinarían en sus casas al día siguiente.  A un costado un hombre, que llevaba una gallina en una jaula, guardaba silencio, y atrás los fardos, otro tanto de pequeñas circunstanciales conversaciones y los espacios silenciosos se acumulaban como trozos de una rutina que echaba raíces en la tierra dejando emerger papas y acelgas, una piel curtida, unos pulmones bien oxigenados, y un movimiento lento y aplastante. En resumen, el emblema de una vida sana y monótona acostumbrada a levantar polvaredas. Para cualquier extranjero, asomar el pescuezo en un mundo como ese habría significado advertir una especie de Macondo a pasos de transformar su fisonomía en la irrupción de una Comala que serpenteaba fantasmagórica a ras de piso, bordeando las llaretas; un pueblo que, gracias a la modernidad, estaba en vías de irse a los huesos.

Desfiló por el pasillo y pidió la parada. Estando a bajo, la micro destiló una nube de polvo, no de las abstractas sino literal, mientras se iba confundiendo entre la polvareda y el horizonte. Se cubrió con su chaqueta. Llevaba más de tres horas viajando y así y todo  le seguía importando ensuciarse.  

Cruzó la calle y empezó a caminar campo adentro. Ambos lados del camino estaban cercados, por el lugar no se apreciaba ningún alma. Con cuidado arrancó una tuna que asomaba por el borde del camino. Después de unos minutos dobló a la izquierda. La casa era de dimensiones modesta, y parecía empobrecida por los años. Tenía un pequeño recibidor cubierto por un toldo quemado, dónde había una mesa y un par de sillas; en una había un hombre sentado. Las botellas estaban regadas por todas partes. La casa era de un color amarillo rayando en lo mostaza, sus paredes eran porosas y el tejado de calamina. Los animales vagaban por los alrededores. Descorrió el seguro de la reja y entró. Fue hasta recibidor, dejó el maletín sobre la mesa y tomó asiento. 

-¿Es usted el señor Villanueva? Dijo con una voz áspera y soñolienta. Daba la impresión de estar ciego.

-Así es- afirmó

-Lo estaba esperando-

Se quedaron unos segundos sin decirse nada.

-Debo ir a buscarlo adentro- el anciano se paró y con paso lento fue hasta la casa.

Tardó un rato. Un grupo de gansos comenzó a ver con interés la escena.

Al salir llevaba una caja consigo.

-Aquí está joven, están casi intactos. Apenas pasó los metí dentro- su voz sonaba definitivamente cansada.

-Sobre la mesa está el dinero- le respondió acercándose a mirar el interior de la caja.

De pronto una chispa se dibujó en la cara del viejo

-Probablemente me llevará el alma el diablo, pero debe estar seguro de que usted tampoco se salva-

-No, creo que no- le respondió.