jueves, 26 de julio de 2012

Batalla de la Luftstreitkräfte


Una tarde, saliendo Anna del trabajo asistió a un local donde hacían lectura poesía. El tipo que leía era bastante malo, y desde abajo, un anciano al parecer borracho se lo hacía notar a insultos. Ofendido, el poeta paró la lectura y le replicó que era un completo ignorante y que no sabía nada de nada. El anciano, sin pensarlo dos veces, se paró de su asiento y le dijo que la ignorante era su abuela, y que si hubiera sido su padre, le habría lavado la boca con jabón por cochino, por leer unos poemas tan malos y sobre todo tan socialmente irresponsables. Sin reprimirse, el poeta le fulminó con una mirada de odio, que el anciano soportó estoicamente dentro de sus posibilidades, para luego descarnarse despotricando contra los lectores de hoy, verdaderas sabandijas ignorantes que apenas leídas las dos primeras líneas se cansaban porque no entendían nada de nada, los culpó del estado del país, del estado de la cultura, de la nula lectura de los clásicos, acusándolos a todos de ser unos desgraciados y resentidos multi culturalistas porque era más que seguro que el viejo era un socialista resentido al igual que todos los que estaban en el lugar, que pretendían hacer de la literatura un fenómeno panfletario, y transformar a los poetas en publicistas.  

El poeta parecía no  cansarse, estaba indignadamente furioso, a ratos le mentaba al viejo y a ratos alternaba con la audiencia, de pronto le pareció estar en una corte vacía llena de susurros burlones, odiaba los susurros burlones, le crispaban los nervios, sobre todo porque por más que golpeara el mesón con la masa, no lograba que esas risotadas se transformaran en palabras de admiración. Realmente estaba sentado en la mesa del juez, con su túnica negra y su peluca blanca, realmente no había nadie en esa habitación, y realmente golpeaba y golpeaba desesperado el mesón como si la vida se le fuese en ello mientras las lágrimas le iban cayendo por los ojos. Podría decirse que era una Casandra con pene, o al menos así se sentía, y a pesar de que quizá en algún rincón profundo, diminuto y oculto de su ser tuviera un atisbo de certeza sobre la no existencia del panteón olímpico, por todas sus murallas, torres, cables de púas, trincheras y minas antipersonales, no podía darse el lujo de hacerlo a menos que estuviera considerando seriamente la posibilidad del suicidio. 

En otras palabras, el poeta no hacía más que golpear fantasmas, o mentarles la madre, cuestión que se aproxima más a lo que verdaderamente estaba haciendo. Y hubiera seguido con su apoteósica exaltación de su condición de víctima, de no ser porque de pronto sintió que un calor húmedo le subía por la pierna: era el viejo que con la bragueta abajo le apuntaba y meaba el pantalón. La distancia que tenía que salvar era bastante considerable, y el que su urea llegara hasta allí era algo de por sí meritorio. El poeta, en un acceso de furia y ya sin estribos, aceptó el desafío, y mientras el anciano se reía y le gritaba que ya todos podían ir dándole por el culo, él se bajó también la bragueta y comenzó a mearle encima. El espectáculo era bastante extraño, y la gente parecía hacerles barra mientras el viejo le gritaba algo al poeta y el poeta le respondía de vuelta, casi como dos veteranos piratas que después de haber decidido saldar su rivalidad, estuvieran en pleno duelo sacándose los trapitos al sol sobre la cubierta, diciéndose cosas como; me astillaste el barco malnacido, siempre te tomas todo el ron despilfarrador con patas, o esa mujer que te culeaste era mía.

 Anna desde atrás contemplaba la escena con un aire de indiferencia, miraba alternadamente a los contendientes y así misma, dentro de sí misma. En un momento, el tiempo pareció congelarse, pero esa idea fue descartada inmediatamente porque el meado seguía corriendo. Lo que en realidad pasaba era otra cosa, era como si en este espacio  el tiempo se llenara de tiempo, o se extendiera, como si dentro de un minuto sin preguntarle a nadie vinieran y se colaran diez, como si de pronto todo el tiempo  se metiera a empujones fervorosamente enloquecido en los últimos trenes de la estación con el único fin de avanzar, algo tan sencillo de formular como decir que –el tiempo se hacía eterno-. Y en parte los responsables eran ellos, que se violaban al tiempo de una manera aterradora.

Ambos tenían una vejiga monstruosa, después de varios minutos afirmar lo contrario era imposible; la competencia se estaba tornando feroz. A un hombre que estaba apoyado junto a la pared le pareció que ambos eran la encarnación del penitente y que su venida aquí no hacía más que confirmar que como secuaces que eran,  después de haber marcado todas las iglesias de México no les quedaba más remedio que aniquilarse mutuamente para darle fin a la historia.  Anna creyó oírlo, (en realidad no le oyó, licencia del narrador) y pensó en Moliére, un Moliére enfrentándose a la muerte mientras escruta el vacío apoyado sobre sus manos, con una sonrisa en el rostro.

Ya cansado, el viejo decidió que no tenía caso seguir empleando la misma estrategia, aseverando que así ninguno de los dos lograría demostrar nada de nada. Al poeta, que respiraba hondo,  el argumento le pareció bien, por lo que, sin más dilación, ambos sacudieron y guardaron sus armas. La gente comenzó a abuchearlos, pero el viejo los hizo callar con un vigor asombroso que sorprendió a todos, sobre todo al poeta que no pudo evitar pensar en su padre.  El silencio se hizo total, y más de alguno sin darse cuenta contuvo la respiración.
Al final resultó que el viejo también era poeta, y de una libretilla sacó unos versos que empezaría a recitar y que según él eran mejores que los del mismo Benedetti.  

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