En su oficina,
el señor Méndez para relajarse habitualmente tras situaciones como esa, bajaba
las persianas, encendía su equipo de música, se desanudaba la corbata, se
quitaba los zapatos y le daba a la maquina todo el volumen, encontrándose a sí
mismo, de cara arrojado en una selva amazónica llena de brazos y pulmones y
soplidos, y Parker y Gillespie y sus alientos, saliendo de la tierra como
vapores. Entonces de la botella del escritorio se servía un trago, y en medio
de ese rio que le empapaba los pies, se ponía a bailar, agitando sus brazos y
sus piernas, dando giros, proyectando su cuerpo para desintegrarse e ir a parar
al otro lado, una zona paralela y virgen cubierta de un cielo nativo con
estrellas de neón, que desde la distancia nos mandan mensajes para que
recordemos que ellas mismas son una luz sin origen que nos traspasa en la
inmensidad del universo, nos hacen saber con su sonido de trompeta que lo único
que vive es el movimiento y que para cuando cesa ya estamos muertos. El señor
Méndez lo sabía y para él, todo en ese momento se tornaba en una armonía
salvaje y deliciosa, una fuerza celular que volvía a todos los árboles en
tejido y en viaje, trashumancia de glóbulos rojos que hacían completo el
viraje, llenando los músculos de una voluptuosidad de primates velludos y
orgiásticos, y sin ninguna clase de remiendo, se dejaba arrastrar prisionero
por la sublimidad de esa fuerza que lo elevaba.
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