miércoles, 25 de julio de 2012

Capítulo III


Llevaba las mangas arremangadas y el cuello de la camisa desabotonado por el calor. Adentro se podía escuchar como los fierros oxidados rechinaban a medida que iban avanzando y arrematando contra el camino accidentado por las más variadas piedras. Miró la hora, aún faltaban diez minutos. 

El panorama que ofrecía aquel vehículo era variado: adelante un par de mujeres iban conversando sobre lo que cocinarían en sus casas al día siguiente.  A un costado un hombre, que llevaba una gallina en una jaula, guardaba silencio, y atrás los fardos, otro tanto de pequeñas circunstanciales conversaciones y los espacios silenciosos se acumulaban como trozos de una rutina que echaba raíces en la tierra dejando emerger papas y acelgas, una piel curtida, unos pulmones bien oxigenados, y un movimiento lento y aplastante. En resumen, el emblema de una vida sana y monótona acostumbrada a levantar polvaredas. Para cualquier extranjero, asomar el pescuezo en un mundo como ese habría significado advertir una especie de Macondo a pasos de transformar su fisonomía en la irrupción de una Comala que serpenteaba fantasmagórica a ras de piso, bordeando las llaretas; un pueblo que, gracias a la modernidad, estaba en vías de irse a los huesos.

Desfiló por el pasillo y pidió la parada. Estando a bajo, la micro destiló una nube de polvo, no de las abstractas sino literal, mientras se iba confundiendo entre la polvareda y el horizonte. Se cubrió con su chaqueta. Llevaba más de tres horas viajando y así y todo  le seguía importando ensuciarse.  

Cruzó la calle y empezó a caminar campo adentro. Ambos lados del camino estaban cercados, por el lugar no se apreciaba ningún alma. Con cuidado arrancó una tuna que asomaba por el borde del camino. Después de unos minutos dobló a la izquierda. La casa era de dimensiones modesta, y parecía empobrecida por los años. Tenía un pequeño recibidor cubierto por un toldo quemado, dónde había una mesa y un par de sillas; en una había un hombre sentado. Las botellas estaban regadas por todas partes. La casa era de un color amarillo rayando en lo mostaza, sus paredes eran porosas y el tejado de calamina. Los animales vagaban por los alrededores. Descorrió el seguro de la reja y entró. Fue hasta recibidor, dejó el maletín sobre la mesa y tomó asiento. 

-¿Es usted el señor Villanueva? Dijo con una voz áspera y soñolienta. Daba la impresión de estar ciego.

-Así es- afirmó

-Lo estaba esperando-

Se quedaron unos segundos sin decirse nada.

-Debo ir a buscarlo adentro- el anciano se paró y con paso lento fue hasta la casa.

Tardó un rato. Un grupo de gansos comenzó a ver con interés la escena.

Al salir llevaba una caja consigo.

-Aquí está joven, están casi intactos. Apenas pasó los metí dentro- su voz sonaba definitivamente cansada.

-Sobre la mesa está el dinero- le respondió acercándose a mirar el interior de la caja.

De pronto una chispa se dibujó en la cara del viejo

-Probablemente me llevará el alma el diablo, pero debe estar seguro de que usted tampoco se salva-

-No, creo que no- le respondió.

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