jueves, 26 de julio de 2012

Ricardo Enríquez. Mayo 2005. El garito. Calle Encomienda 1024.


Pago por ver, el tipo de piel oscura me miró y dio vuelta sus cartas, magnífico full de ases (me estaba desplumando). ¡Oh! demonios, no es posible que tengas una mano tan buena. Son cosas de la suerte mi estimado extranjero dijo él. Entonces mataría diez veces por tener esa suerte le respondí, ese punto te lo concedo, soy un tipo con suerte argulló el sonriendo, tenía un par de dientes de oro, y se le hacían margaritas, por lo demás, la sonrisa era bastante ordinaria. ¿Jugamos de nuevo? Preguntó, mientras cogía las cartas con sus negras y gruesas manos repletas de sortijas de oro, revolviéndolas de una forma que al parecer requería mucho entrenamiento. Ya me estaba dejando sin dinero. Creo que no, en este momento necesito hacerte un par de preguntas, ¿Sabes dónde puedo encontrar al colombiano? ¿Al colombiano? Me pregunto extrañado, este país está repleto de ellos, también los puedes encontrar en Colombia supongo. Claramente no había entendido, ensaye mi cara más misteriosa y le dije, no, ¿Dónde puedo encontrar “AL colombiano? Recalcando el “Al” todo lo que se pudiera. Entonces el tipo se ensombreció, miró su reloj (que también era de oro) y me dijo; Si me ganas todo mi dinero te diré donde está el colombiano, pero solo si me ganas. Extrañas las peticiones de esta gente. Muy bien le dije, ¿Has leído a Rimbaud? Él diría más o menos esto; “Por el momento, lo que hago es encanallarme todo lo posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente” claro, el es el y yo soy yo, cada uno con sus medios, además a veces yo me tomo las cosas un tanto más a pecho, verás, algo así como más literalmente. El tipo me miraba entre extrañado y asombrado mientras repartía las cartas (como diciéndose; y éste que se fumo). Lo siento le dije, fue una torpeza de mi parte, seguramente usted no ha leído a Rimbaud. Estaba serio (aún me falta mucho por aprender, ser más cuidadoso, tener tacto, Claudia probablemente lo haría mejor, pero no puedo evitarlo, esta cosa de los desafíos me pone cachondo) ¿Le parece si comenzamos ya, extranjero? Como guste le respondí.
Esta vez no jugamos texano. El apostó, yo aposté. Cogimos nuestras cartas, no tenía nada, pedí tres, el tipo pidió una, me miró y se fue all in sin pensarlo mayormente. Me quedaban un par de fichas, podía retirarme e intentarlo a la siguiente o lanzarme a lo forajido. Lo miré nervioso, definitivamente no sabía blufear, pero tampoco sabía si él sabía que yo no sabía, o si el simplemente tampoco sabía hacerlo. Ambos sudamos por montones, su sudor se deslizaba por su espesa piel oscura pasando debajo de las doradas cadenas de su cuello para empapar su camia y el mío se deslizaba por mi suave piel morena perdiéndose entre lo oscuro de mi terno negro, éramos dos llaneros solitarios en el viejo oeste, preparados para desenfundar, la situación me estaba exasperando, ni modo, tenía que ganar así que vasta de juegos. Vi a través de sus cartas, la imagen era nítida, tenía  un par de tres de corazones, un rey de espadas, un seis de trébol y un ocho de de corazones, estaba blufeando. Me fui con todo lo que tenía (mis dos fichas restantes), di vuelta mis cartas, pura mierda excepto el par de diez.  El tipo se traía algo entre manos, (como si pudiera sacar una metralla en un duelo de vaqueros), le dije alto ahí, no te muevas. Cogí sus cartas y las voltee, par de tres. El tipo se levantó de la mesa indignado y de la manga cayeron tres, seis, ocho, diez cartas en total. Has perdido y te he sorprendido, ahora dame mi respuesta, detrás de la barra salieron veinte negros más y me encañonaron. 

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