Doblamos
por la calle Benítez, y seguimos recto, Julio era el que peor estaba, pobre
Julio, todos lo compadecimos, pero se podría decir que nadie sabía el verdadero
motivo de que Julio estuviera así, ya no temblaba, ya no había lágrimas, pero
el puñal estaba estancado entre sus costillas de una manera perturbadora, casi
infantil. Llegamos al cruce de la calle Benítez con Río de la plata, allí nos
separamos, Carlos siguió su camino con Claudia, Ricardo y Gustavo, que vivían
por ese lado de la ciudad. Julio y yo nos fuimos por el otro. Seguimos
caminando, le hablé un poco de unas películas que había visto, Julio respondía
perdido, Julio no estaba allí. Llegamos a mi departamento, era tarde y en el
lugar ya no había nadie, estaba todo desierto, el debía seguir su camino, se
veía tan triste, tan desprotegido, se despidió de mi con un beso en la mejilla,
se dio la vuelta, lo tomé de la mano y lo besé.
Subimos
por la escalera, lo volví a besar en la boca, introduje mi lengua, lo besé en
cuello y en los hombros. El trataba de participar, de responder a mis caricias,
pero seguía perdido, abrí la puerta de mi departamento, entramos ambos, y la
cerré. Lo tiré contra el piso de la alfombra, me saqué los zapatos y los
pantalones, y le arranqué los suyos, me bajé las bragas y me subí arriba de él,
mientras miraba con sus ojos de niño dolorido, nunca antes lo había visto así.
Me saqué la chaqueta y la blusa, debajo no llevaba nada, guié sus manos hacia
mis pechos, mis suaves y blancos pechos, me monté encima de su miembro,
comenzamos a movernos, la tenía dura, pero lloraba, entre respiraciones
agitadas sus lágrimas brotaban, comencé a moverme más deprisa, no quería verlo
así, acerqué mi boca a la suya, lo besé, mi niño perdido, comencé a arañarlo,
le mordí el cuello, los hombros, llevé mis uñas a su espalda, y su mano hasta
mi pelo, para que surcara en el, para que me domara mientras nos seguíamos
moviendo, cada vez más intensamente, entonces el comenzó a llamar a Emilia, la
nombró unas cuantas veces, ya no lo recuerdo, yo me movía y el la seguía
nombrando, articulando su nombre, mi pobre niño, mi ángel alicaído, ahora no
estás con Emilia, tendrás que conformarte conmigo, le mordí los labios y me
corrí, solo quería arrancarle de su sueño tortuoso, nada más me importaba.
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